Cada vez que me levanto de la cama para ir a trabajar doy las gracias al dios de las pequeñas cosas por vivir en un país democrático.
Cada vez que saco las llaves para abrir mi viejo coche y ponerme en camino, doy las gracias al dios de los cristianos, al de los musulmanes, al de los jodeos y por supuesto: al de los homosexuales, bisexuales y lesbianas.
Cada vez que navego en la autovía del norte en dirección Madrid, jugandome la vida para no llegar tarde al curro, doy las gracias al dios de la buena gente, al de los heterosexuales activos, al de los nuevos puritanos, y también al de los que pasan olimpicamente del arte de meter y sacar, por la oportunidad que se me ha dado de llevar la existencia en estas santas y pacificas tierras: democráticas.
Hasta aquí parece que soy un hombre feliz, y sin embargo no lo soy.
El único problema real con el cual me que me encuentro en el día a día, y el que me hace agudizar en un estado de desgracia sin fin es: la tele.
Yo, como el resto de los ciudadanos de bien, he desarrollado una pequeña adicción a la pantalla amiga, sin embargo se me niega su desfrute.
¿Porque no me dejan ver la tele?
Porque no soy capaz de ver a esos politicos basura, haciendo politica basura, en un parlamento basura.
¿Es el santuario de la libertad de carrera san Jerónimo un vertedero?
Pues claro que no, sin embargo sí necesitaría una limpieza a fondo, si un día lleguen a marcharse estos políticos de mierda, que hacen una politica de mierda.
No soy pesimista. Sé que algún día llegaran al país que me acogió polticos de altura, pero me temo que yo ya no estaría aquí.

Aziz Zehraoui